"la falta de tiempo"

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Mensaje  Aktea el Mar Mar 31, 2009 12:23 am

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Ayer mi amigo Mon me contó una historia que anda circulando por la red sobre un experimento de psicología. Me pareció alucinante y, finalmente, localicé la información para compartirla aquí y tratar sobre ella si les apetece. Lo cierto es que pone los pelos de punta...


18 Ene 2009

EXPERIMENTO SOCIAL
Escrito por: miabuelapepa el 18 Ene 2009 - publicado en EL PAiS
/Un violinista en el metro//


Un hombre se sentó en una estación del metro en Washington y comenzó
a tocar el violín, en una fría mañana de enero. Durante los
siguientes 45 minutos, interpretó seis obras de Bach. Durante el
mismo tiempo, se calcula que pasaron por esa estación algo más de
mil personas, casi todas camino a sus trabajos.

Transcurrieron tres minutos hasta que alguien se detuvo ante el
músico. Un hombre de mediana edad alteró por un segundo su paso y
advirtió que había una persona tocando música.
Un minuto más tarde, el violinista recibió su primera donación: una
mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha.

Algunos minutos más tarde, alguien se apoyó contra la pared a
escuchar, pero enseguida miró su reloj y retomó su camino.

Quien más atención prestó fue un niño de 3 años. Su madre tiraba del
brazo, apurada, pero el niño se plantó ante el músico. Cuando su
madre logró arrancarlo del lugar, el niño continuó volteando su
cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros niños. Todos
los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha.

En los tres cuartos de hora que el músico tocó, sólo siete personas
se detuvieron y otras veinte dieron dinero, sin interrumpir su
camino. El violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar y
se hizo silencio, nadie pareció advertirlo. No hubo aplausos, ni
reconocimientos.


Nadie lo sabía, pero ese violinista era Joshua Bell, uno de los
mejores músicos del mundo, tocando las obras más complejas que se
escribieron alguna vez, en un violín tasado en 3.5 millones de
dólares. Dos días antes de su actuación en el metro, Bell colmó un
teatro en Boston, con localidades que promediaban los 100 dólares


Esta es una historia real. La actuación de Joshua Bell de incógnito
en el metro fue organizada por el diario The Washington Post como
parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las
prioridades de las personas. La consigna era: en un ambiente banal y
a una hora inconveniente, ¿percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a
apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?
Una de las conclusiones de esta experiencia, podría ser la
siguiente: Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar a
uno de los mejores músicos interpretar la mejor música escrita, ¿qué
otras cosas nos estaremos perdiendo?






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Mensaje  Ana Yajaira Salazar el Mar Mar 31, 2009 12:33 am

Smile

Efectivamente Gloria, ya había visto el correo
y me parece que lastimosamente, en nuestro
afán diario, muchas veces no nos damos tiempo
para contemplar la puesta del sol, el amanecer,
el rocío de la mañana, una flor que abre sus pétalos,
en fin, tantos y tantos maravillosos acontecimientos
que aún en nuestras narices, no somos capaces de
apreciar. Una pena.

Saludos,
Ana Yajaira
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Mensaje  Ety el Mar Mar 31, 2009 12:55 am

Yo también he recibido varias veces este mail, y también me cuestionó si además de la falta de tiempo, ¿no existió también un poco de ignorancia por parte de la gente al no poder reconocer ni al músico, o más fácil aun, la belleza y perfección de su música?

Sé que mucha gente que presume de culta, melómana y erudita, va a muchos eventos simplemente para que otros los vean, como parte de una rutina social. Incluso compran los mejores lugares y es la mejor oportunidad para lucir ropa y joyas, pero ¿cuántos de ellos entienden realmente lo que ven o escuchan?

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"la falta de tiempo" Empty "el tiempo es una enfermedad"

Mensaje  Aktea el Mar Mar 31, 2009 8:05 am

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Sí, Ety, hay quienes apuntan por ahí, la falta de cultura...
En otro blog que hablaba del experimento comentaron:

"Un experimento del 'Washington Post'

La pregunta que lanzó el rotativo era la siguiente: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?

Resultado: Siete conquistas, 27 'colaboraciones'

En total, fueron siete los individuos que detuvieron su marcha para escucharle, mientras 27 decidieron contribuir a la "causa".

En conclusión, según el Post, los ciudadanos de Washington hicieron bueno el refrán que defiende que "la belleza se encuentra en el ojo de quien mira". Y en el oído de quien escucha, al parecer.

El hábito no hará al monje -o el Boston SimphonyHall al violinista-, pero bien que le ayuda".


Pero yo creo que es más profundo... Fíjate que los niños también ignoraban todo pero querían detenerse a sentir la belleza...

Quizás más que falta de cultura, que también, quizás sea un caso de "exceso de cultura", exceso de educación negativa en nuestra relación con el tiempo... Un ejemplo perfecto...

El jefe samoano Tuavii de la aldea samoana Tiavea visitó Europa en los años treinta y quedó impresionado-horrorizado con muchas cosas de las que vio entre "los papalagi" (como ellos llaman/¿llamaban? a los "hombres blancos") , entre ellas nuestro concepto del tiempo... Su discurso da mucho que pensar...


"Los papalagi (...) sienten pasión por una cosa que no podeis comprender y que, sin embargo, existe: el tiempo. Se lo toman muy en serio y dicen muchas tonterías sobre él. A pesar de que nunca habrá más tiempo entre el alba y el ocaso, esto no les resulta suficiente.

Los papalagi nunca están satisfechos con su tiempo y culpan al Gran Espíritu por no darles más. Sí, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo día en un complejo patrón, y lo cortan a trozos, de la misma forma que nosotros cortamos el interior de un coco con el machete. Cada parte tiene su nombre. Son denominadas segundos, minutos u horas. Todos juntos, sin embargo, forman una hora. Para hacer una hora, necesitas sesenta minutos y muchos, muchos segundos.

Es ésta una historia increíblemente confusa de la que yo mismo no he entendido aún los puntos más sutiles porque es difícil para mí estudiar esa tontería más de lo necesario. Pero los papalagi le atribuyen mucha importancia. Hombres y mujeres e incluso niños demasiado pequeños para caminar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda bajo sus vestidos, atada a una cadena de metal pesado, colgada alrededor del cuello o la muñeca, una máquina que les dice la hora. Leerla no es fácil. Se lo enseñan acercándoles la máquina a las orejas para despertarles la curiosidad.

Estas máquinas son tan ligeras que pueden levantarse con los dedos y llevan una maquinaria dentro de los estómagos, como los grandes barcos que vosotros conoceis. Hay también grandes máquinas del tiempo sobre el suelo dentro de las cabañas o colgando de una gran casa para resultar más visibles. Ahora bien, cuando una parte del tiempo ha pasado, queda indicado por dos pequeños dedos sobre la cara de la máquina y entonces grita y un espíritu hace chocar el hierro en su interior. Cuando en una ciudad europea ha pasado una parte del tiempo, explota un espantoso y clamoroso estrépito. Cuando este ruido del tiempo pasa, los papalagi se lamentan: "¡Terrible, otra hora se ha esfumado!" y, entonces, como norma, ponen una cara sombría, como la de alguien que vive una gran tragedia. Sorprendente, porque inmediatamente después comienza una nueva hora.

Nunca he podido comprender esto pero creo que debe ser una enfermedad. Lamentos comunes entre la gente blanca son: el tiempo se desvanece como el humo, o el tiempo corre, dame un poco más de tiempo. He dicho que es una enfermedad porque cuando el hombre blanco desea hacer alguna cosa, cuando por ejemplo su corazón desea caminar al sol o navegar en un bote por el río, o hacer el amor con su amiga, frecuentemente se priva de la alegría porque es incapaz de encontrar el tiempo. Nombrará miles de cosas que se llevan su tiempo. Malhumorado y balbuceando soportará un trabajo que no tiene ganas de hacer, que no le proporciona placer y al que nadie le obliga si no él. Y, cuando, de súbito, descubre que de hecho sí que tiene tiempo o los otros se lo dan -los papalagi se dan con frecuencia tiempo unos a otros y ningún regalo es más precioso que éste- entonces descubre que no sabe qué hacer durante este tiempo en particular o que se encuentra demasiado cansado de su trabajo sin alegría. Y siempre está dispuesto a hacer cosas mañana porque hoy no tiene tiempo. Algunos papalagi dicen que nunca tienen tiempo. Caminan poseídos como si estuvieran presos de un aitu y en cualquier lugar que aparezcan provocan desastres, porque han perdido el tiempo. Estar poseído es una terrible enfermedad que la medicina del hombre no puede curar y que contagia a muchos otros y los vuelve profundamente infelices.

En Europa hay poca gente que tenga realmente tiempo. Tal vez nadie. Por eso la gente corre por la vida como una piedra lanzada. La mayoría camina mirando al suelo y balancean los brazos para llevar mejor el paso. Cuando alguien los para, lo reprenden malhumorados diciendo: "¿Por qué me has parado?, no tengo tiempo, mejor utiliza bien tu tiempo". Parece que piensen que un hombre que camina rápido es más valiente que otro que lo hace poco a poco.

Una vez vi la cabeza de un hombre a punto de estallar, vi sus ojos girar sobre sí mismos y su garganta que se ensanchaba, abierta como la de un pez moribundo, y cómo movía los brazos y gritaba sólo porque su criado había llegado un poco más tarde de lo que le había prometido. Se suponía que éste respiro era una pérdida considerable que nunca podría recuperarse. El criado tuvo que abandonar la cabaña, el papalagi lo perseguía reprendiéndole "¡Ya está bien, me has robado mucho tiempo! Un hombre que no respeta el tiempo es una pérdida de tiempo".

En otra ocasión vi un papalagi que tenía tiempo. Este hombre, sin embargo, era pobre, sucio y despreciado. La gente pasaba a su lado y lo ignoraba. No entendí eso, porque su paso era lento y seguro y los ojos parecían tranquilos y amistosos. Cuando le pregunté cómo se había producido eso, movió la cabeza y dijo tristemente: "Nunca he sido capaz de utilizar bien mi tiempo, por eso ahora soy pobre". Este hombre tenía tiempo, pero no era feliz.

Con todas sus fuerzas y todas sus ideas, los papalagi intentan ampliar el tiempo tanto como pueden. Ponen ruedas de hierro bajo sus pies y dan alas a sus palabras, sólo por ganar tiempo ¿Y para qué sirve todo este trabajo y todos estos problemas? ¿Qué hacen los papalagi con su tiempo? No he recogido nunca suficientes datos, pero según sus palabras y sus gestos se diría que están invitados personalmente por el mismo Gran Espíritu a un gran fórum.

Creo que el tiempo se les escurre de las manos como una serpiente deslizándose por una mano húmeda, sólo porque tratan de aferrarse a él. No dejan que el tiempo venga a ellos, sino que corren detrás con las manos abiertas. No se permiten malgastar el tiempo tumbados al sol. Siempre quieren mantenerlo en sus brazos, hacerle y dedicarle canciones e historias. Pero el tiempo es tranquilidad y paz amorosa, gozo de descansar y de yacer imperturbable en una alfombra. Los papalagi no han entendido el tiempo y, por consiguiente, lo han maltratado con sus prácticas bárbaras.

¡Oh, estimados hermanos!, nosotros nunca nos hemos lamentado del tiempo, lo hemos apreciado como es, nunca lo hemos perseguido o cortado a trozos. Nunca nos ha dado preocupación o pesar. Si hay alguno entre vosotros que no tiene tiempo ¡dejadle que hable! Nosotros tenemos tiempo en abundancia, siempre estamos satisfechos con el tiempo que tenemos, no pedimos más del que hay y siempre tenemos suficiente. Sabemos que conseguiremos nuestros objetivos a tiempo y que el Gran Espíritu nos llamará cuando entienda que es nuestro final, incluso si no sabemos la cantidad de lunas gastadas. Nosotros hemos de liberar al engañado papalagi de sus desilusiones y devolverle el tiempo. Cojamos sus pequeñas y redondas máquinas del tiempo, pisémoslas y digámosles que hay más tiempo entre el alba y el ocaso del que un hombre normal puede gastar".
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Mensaje  Ety el Mar Mar 31, 2009 5:39 pm

Sería buena idea hacer el mismo experimento en otra parte del mundo donde la gente "no corra tanto". En las grandes ciudades de Estados Unidos, y creo que en todo el mundo, las personas siempre tienen prisa y por lo que vemos, esto arruina la sensibilidad, ¿qué pasaría si Joshua Bell o cualquier ottro se pusiera a tocar en el mercado de un pueblo donde la población tampoco tiene la cultura para reconocerlo, en cambio si posee el tiempo y la delicadeza para apreciar la belleza de las notas?

Si la música de Bell tuvo ese efecto en el metro de Washington, seguramente en Nueva York nadie se hubiera detenido.

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